viernes, 3 de febrero de 2012

La Técnica del Tope



La Técnica del Tope

Lo conocí por amigos en común en un carrete en el Parque Intercomunal, aunque yo no me acuerdo de él. Creo que conversamos toda la tarde y no, no estaba ebria. Simplemente no soy de recordar a quienes no me impactan.

Nos volvimos a ver meses después en la casa de una mina que me caía pésimo, pero como iba de acompañante de un amigo que se la quería comer, no me quedó más remedio que llegar. Entre copas y coplas me besó. Confieso que fue uno de esos besos ricos, sin mucha lengua, más labio, masajeo suave y sensual.

Pasadas las cinco de la mañana emprendimos rumbo a mi casa porque amablemente se ofreció a ir a dejarme. Obvio... el tiempo se nos había pasado volando y los besos urgentes quedaban aprisionados en nuestra boca. Íbamos en el auto y entre lengua y roce, mi mano se deslizó por su entrepierna... Dios!!! ésa era turgencia!!! su pene, su gran pene, corría riesgo de romper su pantalón.

No pude evitarlo y le abrí el pantalón. Un pene duro y erecto me calienta, me excita, me perturba. Él manejaba... ¡¡¡no me importó nada!!! me desabroché el cinturón, me incliné hacia su entrepierna y me lo llevé a la boca. Apenas y cabía en mi boca. Le hice sexo oral, más bien lo langüetié porque era imposible comerme esa masa entera.

Empezamos a salir... sin sexo. Todo nuestro acercamiento sexual era cuando yo le practicaba sexo oral y él me agarraba una teta. Su única experiencia había sido un polvo express en alguna fiesta adolescente y no quería tirar mientras no se sintiera seguro. Confieso que me mantuve más en la relación a la espera de poder consumarla, soy de relaciones etéreas y cortas, me confieso masculina pensando en el amor y me cuesta quedarme cuando no me dan absolutamente todo lo que quiero. No niego, eso sí, que ha sido uno de los hombres que mejor me ha tratado. Terminamos a los siete meses, ya no recuerdo porqué... quizás porque me bajó el susto, porque me aburrí de ser la grande y tener una relación quinceañera... no lo se... Lo importante es que después de siete meses sin tirar, yo me sentía virgen de nuevo.

Seguimos viéndonos por un tiempo después de terminar, en esa época tenía problemas en cortar las cosas de raíz, y un día de demasiada conversación en mi casa y de exceso de alcohol, le grité: No se si no te gustan las mujeres o no te gusté yo... pero yo quería sexo!!!

Se levantó, tomó mi vaso y lo dejó en la mesa de centro, me levantó, me besó brusco... parecía que su lengua fuera su pene y copulaba con mi boca como si fuera mi vagina. Me sacó la polera, me mordisqueó los pezones... en dos minutos me tenía a full, mojada, dilatada, palpitante.

Me llevó a mi pieza y me tiró encima de la cama. Torpemente me preguntó si tenía preservativo y de la mesa de noche le pasé un condón... lo abrí pues sus manos nerviosas e inexpertas no iban a lograrlo. Me tocó, me manoseó por cada espacio de mi cuerpo, desde la punta del pelo, pasando por las orejas, el cuello hasta los tobillos. Sus manos, su lengua... pese a la inexperiencia, sabían reconocer mi gemido de placer.

Me preguntó si podía metérmelo, ¡lindo! ¡tierno! ¡cosito inseguro! amaba que me preguntara todo, si podía hacer esto o aquello... entre respiración ahogada le dije que sí.
Su glande apenas entró en mi vagina... era demasiado grande... ¡¡¡mierda!!! No podía meterlo...

Le pedí un rato para masturbarme e intentar dilatarme un poco... me toqué, me metí los dedos, me acaricié el clítoris “veamos ahora” le dije. Me tomó por las caderas y me embistió... no de a poco... me metió su gigante pene turgente en mi pobre vagina. Dolió, no me pude mover, me sentí empalada, sentí que su pene me llegaba a la tráquea, me faltó el aire y lo único que escapaba de mi boca era una respiración aquejumbrada y entrecortada.

Me lo sacó: Déjame intentar encontrar mi punto. Le propuse.

Le pedí que se acostara de espaldas y su pene durísimo parecía un mástil... ¡¡¡era una visión!!! Me subí arriba de él y puse su glande en la entrada de mi húmeda y excitada vagina. De a poco me lo fui introduciendo... despacio... lento... milímetro a milímetro... mientras, él apretaba y retorcía mis pezones con sus manos. Sentada sobre su mástil, llegó un punto donde ya no pude metérmelo más y puse las palmas de mis manos en su pelvis para hacer un tope y evitar que esa bestialidad de pene entrara de una en mi. Lo cabalgué a mi ritmo hasta llegar a mi orgasmo, hasta llegar al segundo... hasta que él terminó... Me bajé de encima de él y me fui a la cocina a tomar agua. ¡Eso era!

Quedé adolorida por días tanto los brazos como mi vagina. Sí, me hizo un poco de daño, pero puta los orgasmos ricos!  Una vez escuché que todo se puede con vaselina y paciencia... no tenía vaselina, pero la propia lubricación, más la calentura y la paciencia, hicieron su trabajo. Tiramos un par de veces más... y la técnica se convirtió en parte de mi experticia.

viernes, 20 de enero de 2012

Más vale feo conocido...



Más vale feo conocido...



No quiero volver a tirar. Seré célibe de hoy en adelante.  

Desperté casi llorando después de escucharme en la peor de mis pesadillas. Hacía unas cuantas semanas que no ocurría nada en el departamento de la lujuria y esto estaba alterando un poco mi sanidad. Sí, me hace falta el sexo para estar cuerda.

Ya era hora de salir al trabajo y como todos los días me recogió en mi casa un compañero de trabajo que ha sido mi amigo desde la adolescencia. ¡Feo, conchesumare que el weón es feo! Pero aunque su cara es un delito con pena capital, su cuerpo es otra cosa. Es campeón en natación. Su espalda es ancha y baja hasta su cintura formando una perfecta V. Sus piernas marcan todos los músculos de sus muslos, sus brazos, su cuello son perfectos. Y para qué hablar de sus abdominales, ¿qué six pack? el tipo tiene dos de esos y su perfectamente redondo y duro poto. Pero es feo, no hay por dónde mirarle la cara, es feo.

Salimos de trabajar ese día más temprano y me invitó a tomar cerveza. Cosa normal lo hacemos una vez a la semana, pero ese día era diferente, le había contado a #lasperveras mi sueño, mi urgencia por tirar y que estaba considerando al feo. Comentarios de bolsas, sábanas, de espalda y demás tallas para que no le mirara la cara, hicieron que el morbo se acrecentara y la maldad se apoderó de mí.

Ya en el bar tomamos unas cuantas cervezas, había tanto guapo que podía cambiar mi plan e irme con uno de ellos. El morbo no me lo causaban ellos, si no el feo. Él podía ya oler mi celo de hembra y con sus piernas rozaba las mías, tocaba mi mano y arreglaba mi cabello de una manera que nunca lo había hecho antes.

- Bailemos, me dijo.

Comenzó la salsa y nuestros cuerpos se contoneaban al unísono. Sentí como se le paró su pene muy pegado a mi pelvis. Me mojé instantáneamente. Subí la mirada dándole consentimiento a tener su erección y revolcarla al ritmo de la música en mi pelvis. Entendió de inmediato y entre el murmullo escandaloso del bar, los tambores de la música y su pene rozando mi monte venus, orgasmé.

-Quiero que tiremos, le dije tan descaradamente como el orgasmo que había tenido.

Sonrió muy nervioso. Terminamos de bailar esa pieza, nos sentamos y tomamos una cerveza más en total silencio. Se paró de la mesa indicándome que nos íbamos y lo seguí.

En el auto me abrió la puerta, cuando me senté, me viró hacia a él se arrodilló y comenzó a lamer mi clítoris por encima de los calzones. Sí, en el estacionamiento del bar. Metía sus dedos dentro de mi calzón rozando los labios, trazaba el contorno con la yema de sus dedos. Mi entrepierna aún estaba mojada después de haber tenido mi orgasmo danzado y sus dedos se deslizaban por toda la zona causándome placer. Me sorprendía lo expertamente que me tocaba, ahí sentada en el auto a la misericordia de sus divinos dedos orgasmeaba a su merced.

Se levantó y condujo hasta su casa. Entramos y cerró la puerta tras nosotros. Me levantó en sus hermosos brazos y con algo de violencia me pilló entre él y la puerta. Su lengua entró en mi boca sin permiso, la gentileza con la que me había masturbado en el auto desapareció. Me besaba fuertemente, mientras me aplastaba entre la puerta y su cuerpo. Se desabrochó el pantalón y metió su pene en mí, sin quitarme la ropa interior, ésta sólo la deslizó. Me tenía en sus brazos, mis piernas alrededor de sus caderas y me embestía con furia. Me gustaba sentirlo pontente, fuerte, recio conmigo. Apenas podía mover mis caderas pero no lo necesitaba, su pene estaba muy erecto y me tenía en la posición perfecta, donde su pelvis rozaba mi clítoris y la cabeza de su pene raía todo el interior de mi vagina.

Me deslizó por toda la puerta dejándome caer hasta el piso. Se desnudó, dándome un espectáculo. Su cuerpo desnudo, es una obra de arte, su pene erecto, con la cabeza roja y muy mojada después de haberme cogido violentamente, era una visión de placer ante mis ojos. Se me trepó encima y desnudó mis senos. Nadie ha tocado estos pezones así, estaban tan duros, enhiestos ante la experticia de una lengua y dedos. Con su otra mano buscó mis calzones y al fin me los quitó. Me metía sus cuatro largos dedos mientras que con el pulgar rozaba mi clítoris. Sacaba su mano de mi vagina y lamía todos mis jugos que se deslizaban por ella.

Me viró de espalda y posó toda la inmensidad de cuerpo sobre mí. Levanté mi cola, y sentí como su pene entraba nuevamente en mi vagina. Nos fuimos levantando hasta yo quedar en cuatro y él en sus rodillas. Me penetraba fuertemente jugaba con mi clítoris el tiempo necesario para que no se resintiera. Me tomaba del cabello para no perder su equilibrio y así podía mirar mis senos que se reflejaban en los cristales de la puerta. De vez en cuando mordía mi espalda enviando electricidad desde mi espina dorsal hasta mi clítoris. Gemíamos tan unísonamente como nos movíamos.

Mis orgasmos llegaron unas muchas veces más en un período de tiempo que pareció eterno. Me tuve que rendir ante su atlética y experta ejecución. Dejé caer mi cola y su peso cayó todo en mí. Se rió casi a carcajadas y se movió hacia un lado.

-¿Cansada? Terminaremos otro día.

Aún lo miro en el auto de camino al trabajo diariamente y pucha que es feo el conchesumare pero instantáneamente recuerdo lo buen amante que es y voy en calentura el resto del viaje. El feo me dejó queriendo más de él. El otro día aún no llega, pero espero con ansias y bolsa en la mano el próximo encuentro.

sábado, 14 de enero de 2012

Luna de hiel?... de mis manos al placer


Luna de hiel? ...de mis manos al placer

Dejé todo preparado para esos cinco días. Nos habíamos conocido en una fiesta en Santiago, pero por esa fecha vivíamos en ciudades distintas, uno por el norte y el otro por el sur... el teléfono y el internet nos mantuvieron en contacto, el gusto y las ganas inconclusas de esa noche de fiesta nos tuvieron conversando y planeando un nuevo encuentro. Pasado navidad nos regalaríamos una semana para disfrutar unas mini vacaciones, con año nuevo incluido.

Como fue él quién recorrió casi todo Chile para ir a mi encuentro, preparé un lugar especial, una cabaña con un paisaje paradisiaco, más que mini vacaciones, yo me preparaba para una mini luna de miel, el teléfono aguanta mucho y según lo que hablamos, nos faltarían horas para tirar.

Tenía varias cosas preparadas para hacer de esos días una experiencia sexual inolvidable: lencería ultra sexy, velas, aromas especiales, sedas, cartas con juegos sexuales y en mi cabeza todos los consejos de la cosmopolitan que pude acumular.

Llegó mi compañero, y el beso que nos dimos al saludarnos me demostraba que no sólo yo había juntado ganas, la cosa era mutua, yo ya podía imaginar mis miles de orgasmos, pero lo tomé con calma, no quería atarantarme, quería sólo disfrutar y teníamos varios días.

Él venía un poco resfriado y si bien mi instinto cavernícola me impulsaba a tomarlo de las mechas e irnos a tirar, me comporté y luego de dejar las cosas en la cabaña, lo invité a cenar... jueguitos varios por debajo de la mesa, agarrones  cuando no nos miraban, no hacían nada más que ponerle leña a la hoguera.

Terminando la cena lo tomé y le dije que el postre sería en la cabaña, llegamos y comencé a besarlo con todas mis acumuladas ganas de meses, nos fuimos sacando poco a poco la ropa hasta quedar completamente desnudos... pero, “sorpresa”... no tenía erección!!!! ya.. ok.. calma!!! podía ser el viaje, el resfrío, cualquier cosa... no podíamos alterarnos, había que seguir intentando pero... NADA!!!

Traté de hacerme la normal y comprensiva y nos fuimos a dormir, la ternura (sí.. sólo la puta ternura) nos acompañó esa noche. Total, en la mañana sería distinto, seguro que sí, casi todos los hombres muestran gran virilidad en las mañanas, faltaban poquitas horas y mi película porno comenzaría... pero a la mañana siguiente, nuevamente NADA!!!

Ya no había calma, ya el asunto era extraño, lo hablamos, me insistía que “es primera vez que me pasa” y se volvió un círculo vicioso, entre los nervios, los intentos, los reproches (él se autoreprochaba y yo y mi ego nos enterrábamos... puta que duele pensar que no eres capaz de hacer que a un hombre se le pare!!!)

Ese día salimos a pasear, no hablamos mucho del tema, pero obvio que cada uno  era en lo único que pensaba... llegó la noche y pensé que no perdería mi aventura, si él no era capaz de darme placer, me lo daría yo misma. Lo hice sentarse en una silla y le pedí que me mirara, me puse en la cama y comencé a tocarme por sobre la ropa, toqué mis pechos, jugué con mis pezones, pasé mi mano por mi entrepierna y comencé a desvestirme... él sólo me miraba, cuando quedé completamente desnuda pasé mi dedo por todo mi cuerpo, lo llevé a mi boca, le puse saliva y mojé mis pezones, mientras los apretaba suavecito... él quería acercarse pero le ordené que se mantuviera sentado... después comencé a masturbarme, me concentré sólo en mi vagina, abrí mis piernas y lo dejé mirar todo lo que mis dedos hacían en ella... frotaba mi clítoris, introducía mis dedos, me abandoné a lo delicioso del autoplacer, de pronto lo miré y estaba con su pene erecto, tocándose como un loco, me pidió que no parara, que siguiera porque quería verme acabar, abrí más mis piernas y me dediqué a tocarme para él... imaginaba que era su mano la que tocaba, frotaba e introducía, cada vez me mojaba más, se sentía delicioso, yo gemía, me retorcía y lo miraba a los ojos, él se masturbaba, su pene estaba duro, mojado... mi clítoris se iba poniendo cada vez más tenso, sentía pronto un orgasmo, me toqué con más ganas, cada vez más rápido, hasta que mi orgasmo se escapó acompañado de un fuerte grito... lo miré al terminar y vi como salía su semen, él también había acabado...

Eso fue sólo el comienzo de mis días de mini luna de miel, el resto de los días nos sacamos todas las ganas acumuladas...

Tuve dos posibilidades, dejarme llevar por el ego herido y pensar que si a un hombre no se le para el pene somos responsables nosotras o... regalarme placer, asumiendo que el sexo no necesariamente pasa por hacer la posición del misionero y que hay bastantes otras formas de disfrutarlo... elegí la segunda y lo pasé bastante mejor... claro que debo agregar a eso que los días siguientes fueron aún mejores, ya había pasado el efecto de la sobredosis de trioval y naztisol compuesto que se había tomado para que se le pasara el resfrío... moraleja??? disfrutar!!!, siempre disfrutar del sexo se nos presente como se nos presente y... no tomen trioval cuando vayan a tirar.


viernes, 6 de enero de 2012

"Secretas puntadas que potencian el placer"



"Secretas puntadas que potencian el placer"

Creo, por la providencia que creo… casi voy pisando las cuatro décadas, las formas que delinean mis contornos ya no son dignas para boceto de moda, si me desmenuzaran para venderme cual chatarra por parte, creo que el mejor precio seria ofertado a mis piernas. Creo, por la providencia que creo… que la presentación en vajilla fina de selectas hortalizas nunca compite a la delicia de un bol (aun salpicado en el borde) en el cual se reúnen desmenuzadas hojas de lechuga, con sabroso aliño.

Sí, hace una quincena de años antes mi cuerpo era turgente, pero hoy los menesteres de mi placer se esconden y asoman; en los pliegues de mis senos de gota, entre mis muslos de espesores  generosos, sobre las margaritas de mi espalda que me adornan sobre el coxis, en la yema de mis dedos, en mis brazos que de hercúleos ya no conserva nada, en mis ojos que en sus esquinas, asoman mis lineas de expresión cuales raíces de un rosal … y por cierto, en mi vulva que a capricho mío esconde mi generoso secreto.

Aun cuando mi vagina llorona siempre se desaguaba en esos néctares de éxtasis propiciados por un buen amante que la monta sobre sus dedos, su lengua o su virilidad ( acá, en juicio digo, que no encuentro placer mejor concebido que un hombre que sepa besar) los años, la elasticidad a prueba, me hacían algo tardíos los orgasmos, es más, quedaba sujeta a culminar en ciertas posiciones, dejándome sólo para el final la explosión  multiorgásmica.

Fue hace algo mas de tres años, una tarde un articulo de una revista de la cual no recuerdo ni es mi menester señalar su nombre me sugirió “reconstrucción vaginal” caprichosa como marrasquino de torta, me dije ¡esta señal es lo mío! No fue que me quitara el sueño, más fue, que lo descrito antes me restaba placer, MI PROPIO PLACER.

Hablé con mi ginecólogo, mis conjeturas le parecieron muy acertadas, el “pero” no lo ponía él ni yo, el “pero” venía en el justo valor económico de tamaño capricho, costes significativamente mas económicos, en aquellos recintos clínicos en conveniencia a mi plan de salud.  ¿cómo hacer? Para mejor entender, debo decir que había cierta operación que realizar, esos mañosos quistes que una nunca convida pero que intrusos se alojan en nuestro útero. Urdí mi plan y contacté un médico de un prestigioso hospital clínico, uno de esos donde la “Santa Patrona” jamás le revelaría al profesional de pulcro blanco “¡Hey! dejale la abertura de la vagina más pequeña para que pueda gozar más!!”.

Controles y exámenes varios para tratar mi dolencia, entre cita y cita irrumpí en falso llanterío:
-Hace años no siento nada, mi matrimonio está en crisis, por lo más sagrado es que no quisiera quedar sin la protección de mi marido.

Claramente tras esta declaración los argumentos siguieron hasta que el bendito médico católico, quizás conmovido por mi compromiso marital escucho mis ruegos… marido? Ja!

Esa mañana la cita en el pabellón fue bien temprana, un equipo multidiciplinario de especialistas bisturí y jeringas en mano se hicieron cargo de mi humanidad dormida a merced de sus expertis y sus bromas de machos. ¡Lo se! en los tres días posteriores bastaba observar su ojos chispeantes sobre sus risitas socarronas, sus miradas de “se lo que hiciste el martes pasado” … el alta? dos meses sin sexo… ¿¿QUÉ?? Cresta, por unos segundos me cuestioné valdrá la pena cerrar la puerta entre mis piernas al sacrílego?

Para esos días llevaba algo de más de tres semanas saliendo con un galán, hasta ahí caricias, besos y mordidas de labios habían sido máxime nuestro juegos…  “se me acabó el romance” pensé. Que bah, la primera noche que pasamos a solas, descubrimos que a un orgasmo tras otro pude llegar sin penetrar mi nuevo ceñido canal de placer (pero eso es historia para otro post).

Si!! valió la pena… me declaro bastante simple, no soy la promotora del kamasutra, ni gozo de la estreches de una quinceañera, pero qué delicia gozar en mi propio “túnel angostura” desde un “perrito flojo” a morir a horcajadas sobre un jinete erecto!!

viernes, 16 de diciembre de 2011

Duele, pero duele rico...




Por años me dio susto, miedo, pavor, el sexo anal... Escuchaba tantas historias de desgarros y dolores... La gente comentaba... las mujeres se negaban. De mis amigas ninguna se atrevía. Decían que te rajabas, que no te podías sentar en semanas, que te dolía hasta ver burros verdes.


Una de mis mejores amiga siempre me decía que no entregaría el chico hasta el matrimonio, para tener “algo virgen” que darle al peor es nada... ¿La verdad? Supe de buena fuente que aún no se atreve... y en su momento la entendí.


La entendí hasta que con un amigo con beneficios, en una loca noche de alcohol hace muchos años, me agarró fuerte de la cintura, me dio vuelta en la cama, me mojó y me lo metió... ¡sin preguntar! Lo bueno es que no era muy dotado y no fue lo doloroso que creí. Me dolió, sí; pero ni tanto, ni tan poco. Placentero tampoco fue... no estaba bien lubricada, no estaba demasiado excitada, él no me producía cosas fuertes.


Desde ahí me negué al sexo anal. Me negué porque no me llamaba la atención. Porque me daba miedo probarlo con un tipo más dotado y porque en realidad no era mi tema.


Sin embargo, hace un rato le encontré la gracia... tenía mi touch & go con quién parte de nuestra rutina era probar cosas nuevas. Amaba que probáramos, descubriéramos, hiciéramos cosas entretenidas... ¡total! para eso estábamos. No habían llamadas posteriores de cómo llegaste... ¡nada! Era sólo sexo.


Lo conversamos antes, le dije que sí, que lo había hecho. Me hice la chora, porque era parte del papel que me tocaba jugar. Así es que quedamos en probarlo ese día. Nos juntamos y comenzamos a tocarnos (no éramos de besos) y sacó mi vestido. Me dio vuelta... brusco... como siempre... como me gustaba... Me excita que el hombre me tome fuerte, necesito que tenga poder, que me lastime un poco, que me demuestre ser macho alfa en el sexo. 


Me besó el cuello con mucha lengua y me tiró un poco el pelo, marcándome el terreno: era él quien mandaba... Bajó por mi espalda descubierta tocándola y besándola toda. Nuevamente me dio vuelta, me sentó en la mesa y se arrodilló frente a mi y comenzó a hacerme sexo oral... ¡cómo sabía mover su lengua en mi clítoris! ¡cómo agradecía mi clítoris cada lamida!


No me dejó llegar al orgasmo, sólo quería excitarme, sólo deseaba dejarme lista. Me tomó de los hombros y me paró... mis rodillas temblaban. Arqueó mi espalda hacia adelante, me apoyé en la mesa con una mano, mientras con la otra trataba de complacer a mi pobre clítoris que había quedado abandonado.


Se puso el condón (sí, siempre lo hicimos con condón), untó sus dedos en mis fluidos con los que embetunó mi culo. Tomó su pene henchido y turgente y de un empujón lo metió todo. Me dolió, grité de dolor... Mis dos codos debieron servirme de apoyo cuando caí hacia adelante con el peso de la embestida.


Me tomó el pelo con fuerza y comenzó a besarme nuevamente el cuello, susurrándome que siguiera con mi masturbación de manera que dejara de dolerme o que pensara en otra cosa... funcionó... de pronto ya no dolía tanto, de pronto me gustaba, de pronto lo disfrutaba tanto tanto...


Tuve mi primer orgasmo, intenso, fuerte, ¡¡¡gritado!!! y seguía embistiéndome... fuerte, duro, como era él... Era un amante excepcional, aunque en realidad juntos éramos magia. Me agarraba un pezón, lo masajeaba, lo apretaba, jugaba mientras llegaba su orgasmo... Me tomó de la nuca y puso sus dientes ahí... me mordió mientras eyaculaba. Gustaba el dejarme marcas en lugares donde sólo él y yo sabríamos que estaban.


Estábamos agotados, yo encima de la mesa y el encima de mi espalda... jadeábamos, me abrazaba fuerte... 


No fue mi primera vez con el sexo anal, pero la más intensa, la mejor y la que me dejaría marcada y con ganas de seguir probándolo... Pasó a ser parte de nuestra rutina, pero ahí probábamos otras posiciones... por lo general yo sentada sobre él con mi cuerpo echado hacia atrás de manera que tuviera amplitud para poder masturbarme al mismo tiempo. Y sí, para el resto de las veces hubo que usar algo de lubricante...

viernes, 9 de diciembre de 2011

Cambio de planes (?)


 Cambio de planes (?)


El departamento no podía estar mejor arreglado para un fin de semana completamente lleno de lujuria: velas, aceites, seda, champaña helada y por supuesto todas las ganas de sexear intensamente sin parar todo el fin de semana.

¡Ring!  No me gustó cuando sonó el teléfono.
-“¿Aló?”
-  “Amor, no me vas a perdonar. Ricardo llega a hoy, no tiene dónde quedarse y le dije que puede quedarse en mi depa este fin de semana.”  El mejor amigo de mi pololo llegaba después de mucho tiempo y se hospedaría en su departamento.

Wah, wah, wah, sonó en mi cabeza. ¿Pataleta? ¿Reclamo?

- “¿Y nuestros planes?”  es lo único que recuerdo y no recuerdo su respuesta. Y ahí ya estaba yo, abriendo la puerta para recibir a mi pololo y su amigo.

Ricardo y yo nos conocemos de antes de que conociera a mi pololo.Trabajamos un tiempo juntos y en esas noches de trabajo nocturno habíamos tenido sexo una vez, en la oficina, sexo sin significado para los dos. Casualidades de la vida ambos conocíamos a quien años después sería mi pololo. El tema del sexo nunca fue discutido y creí que no era saludable que mi pololo lo supiera, había sido una sola vez, hacía mucho tiempo y ahora somos todos muy amigos.

La champaña estaba helada, así que para que desperdiciarla. Asumiendo que ya no sería un fin de semana de lujuria me resigné a un fin de semana de tres buenos amigos recordando tiempos.

Descorchamos la tercera botella, ya entre risas y conversaciones lúdicas.

-“¿Recuerdas nuestra noche de lujuria en el trabajo?”  Me preguntó Ricardo dejándome completamente muda y sin saber qué contestar.

La risotada de mi pololo me desconcertó aún más, tendría que estar furioso.

-”No te pongas tan seria, antes de conocerte bien ya sabía del romance de una noche      de Ricardo contigo.”

Se reían a carcajadas ambos burlándose de mí. Me uní pronto a sus bromas y siguiéndoles la corriente morbosa dije:

- “Suertuda yo ahora tenerlos a los dos de frente, con el departamento con el ambiente  listo para sexear. Me daré un banquete esta noche.”

Hubo un silencio y mi pololo se paró de su sillón. Pensé lo peor, me sobrepasé con la broma y se enojó. Se paró trás de mí en la silla, poniendo sus fuertes manos sobre mis hombros. Me masajeaba lentamente no buscando que me relajara si no que me excitara. Sabía bien cómo tocarme para lograrlo. Ricardo nos miraba desde el otro lado del living, sin entender tampoco que hacía mi pololo.

- “¿Es cierto o estabas bromeando?”  Me preguntó susurrando mientras deslizaba una mano bajo mi camisa llegando a mi seno y aprisionando el pezón entre sus dedos.

Sentí la tibiedad de mis fluidos en mi entrepierna. Me excitó tanto su acción como el pensamiento de tenerlos a los dos sexualmente para mí.

-  “No, no bromeo”  sus dedos presionaron mis pezones más fuertes cuando escuchó mi respuesta.

Ricardo permanecía quieto en su silla, mirándonos sin entender que pasaba.

Aún tras de mí, delicadamente tiró mi cabello hasta lograr que mi cabeza se posara en el espalda de la silla. Me besó, su lengua parecía otra, lamía mis labios y masajeaba fuertemente la mía. Sus manos se deslizaban ambas sobre mis senos, masajeándolos, apretando los pezones haciendo que mi entrepierna sudara de pasión.

Me quitó la camisa y desnudó mis senos para que su amigo pudiera ver cómo respondían mis pezones a sus caricias. Me tomó de la mano y me guió al sofá que quedaba mucho más cerca de Ricardo. Sí, yo también quería que Ricardo participara. Había fantaseado muchas veces con dos hombres pero nunca pensé que me atrevería. No tuve pudor, no me dio vergüenza, lo deseaba.

Sentada en el sofá comencé a hacerle sexo oral a mi pololo mientras él estaba de pie. Agarraba su pene entre mis labios, apretaba muy despacio su glande entre ellos y con mi lengua masejeaba su cabeza. Lo metía poco a poco cada vez más profundo en mi boca, masturbándolo desde la base.  Miré a Ricardo y se masturbaba por encima de su ropa. Entendió mi mirada pues se desnudó rápidamente dejándome ver su enorme pene, hinchado y brilloso por su lubricación.

Me recosté en el sofá apoyando mi cabeza en el cojín, sin dejar de chupar el pene de mi pololo. Con un dedo llamé a Ricardo, indicándole que se sentara en el sofá. Así lo hizo. Le tomé su mano y la puse sobre la cremallera de mis pantalones. Supo inmediatamente que hacer. Bajó la cremallera, delicadamente me quitó los jeans, los calzones y comenzó a masturbarme. Sentí en mi boca como el pene de mi pololo se hinchó mucho más y sus venas latían. El ver que me tocaba su amigo lo había excitado en demasía y a mí sentir su pene engrandeciéndose en mi boca me excitaba igual.

Ricardo miraba extasiado mi vagina mientras me masturbaba. Mi clítoris se hinchaba y mi vagina se mojaba cada vez más. Metió su cara entre mis piernas y lamía toda la humedad. Tomaba el clítoris entre sus dedos y lo masajeaba con la lengua. No pude controlar mi orgasmo y aún con el pene de mi pololo en la boca grité de placer. Mi pololo empujó el espalda del sofá convirtiéndolo en una cama. Me tomó por los hombros me movió fuera de la boca de Ricardo. Me acomodó en la cama y me penetró de una, orgasmeé rápida y nuevamente. Ricardo se masturbaba violentamente mirándonos sexear. Mis caderas parecían tener voluntad y mente propia, se movían veloz y armoniosamente como respondiendo los movimientos de mi pololo. Mis gemidos me ensordecían hasta a mí misma, aún no sé si fue un sólo gran orgasmo o decenas de ellos, uno tras otro sin parar.

Ricardo no pudo controlarse y orgasmeó mientras se masturbaba mirándonos. Creo que fue la señal para que mi pololo también tuviera un orgasmo, creo que necesitaba durar más que el invitado, para controlar el ego. Me penetró tan fuerte cuando estaba orgasmeando que toda mi entrepierna lo sintió y apretó en su propio orgasmo. Se tiró sobre mi cuerpo y me besó tiernamente preguntándome si estaba bien.

Todo fue tan normal en los tres, nos levantamos, nos bañamos, comimos algo, platicamos un poco más y dormimos. El “después de” no fue incómodo para ninguno de los tres.

Mi fin de semana de lujuria, el que pensé arruinado por la visita del amigo, terminó siendo uno mucho más interesantemente sexoso que el que había planificado.

El domingo despedimos a Ricardo. Volvimos al departamento e hicimos el amor hasta quedar rendidos. Nos seguimos viendo, pero nunca más hemos tenido otro ménage à trois. Seguimos siendo grandes amigos pero ¿quién sabe? ¿una vez más?